Y en aquel verano en que amaneciste
dejando ver tu vastedad
no fueron suficientes el cielo ni el ocaso para ocultarte
ni tan siquiera hacerte opaco,
porque te habías vuelto para mí un poderoso vórtice
que atraía hacia sí su mirada.
Yo, que a veces giro en círculos como una mosca fracturada, zumbando en silencio.
Cada vez me paso más tiempo en tu santuario, queriendo ser como el charco:
cargado de mugre pero aún así apacible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario